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El último empujón

Durante un tiempo, antes de crecer, tener dominio propio y un hosting de pago, este blog debió llamarse un opositor entre bambalinas.

Los que seguís este espacio desde aquella época recordaréis las entradas contando mis peripecias al recitar temas por la calle o en el supermercado, las quejas y lamentos por la maldición de las obras que persiguen a los que buscan tranquilidad para estudiar o la tristeza del fracaso que olía a perro mojado tras los suspensos.

Si aún queda algún opositor en la barra de este particular garito: ánimo, no desistas, aunque salga mal -así es la vida, la derrota es el drama que te hace valorar las victorias- habrá merecido la pena intentarlo. Los conocimientos, el carácter y el esfuerzo permanecen.

Tras una larga carrera que fue llenándose de obstáculos, paré. No podía seguir quemando más naves y decidí cambiar de aires. Como nunca sabes lo que la vida te va a deparar, encontré mi salida en mi tierra, Extremadura, haciendo una de las cosas que más me gustan, ejercer la abogacía en el ámbito del Derecho Administrativo y de las nuevas tecnologías.

No negaré que algún que otro día me sobrevuelan los nubarrones borrascosos del fracaso en aquella carrera pero, afortunadamente, cuando cada mañana me siento en mi ordenador a estudiar los temas de los clientes del despacho lo hago con la alegría y la emoción del que siente pasión por lo que hace.

La semana pasada, adaptado ya a la vida alejada de los temas, códigos y cronómetros, conocí a un antiguo opositor y ahora gran abogado, con el que varios conocidos y amigos me habían encontrado parecido. Historias similares. En cinco minutos hablamos de las recomendaciones -riñas- de las madres para que no estudies tanto, de la regulación de las aguas en el Código Civil y de la figura de la representación. Fue suficiente para que esa pequeña charla fuera el último ingrediente de mi particular bálsamo de Fierabrás. Gracias, Emilio, cuando llegué a casa supe que había subido con tu empujón el último escalón hacia un nuevo piso en el edificio de la vida.

 

 

En Semana Santa, bollas y empanadillas.

Mujeres con sus dulces hacia el obrador. Foto de Diego Sánchez Cordero

Si Proust hubiese nacido en Don Benito en lugar de la magdalena hablaríamos de la empanadilla de cabello de ángel. En Semana Santa, las despensas calabazonas se llenan de exquisitos dulces artesanos. Estos días se comen bollas, perrunillas, galletas rizadas, hornazos –no confundir con los salmantinos, los nuestros, se caracterizan por tener un huevo con cáscara en el centro, rodeado y sujeto por tiras de masa–, las sultanas de coco o empanadillas con relleno de calabaza, cabello de ángel o almendra.

Las empanadillas de mi madre

En vísperas de Semana Santa, antaño, cada casa se convertía en una dulcería y las mujeres se afanaban en seguir la tradición familiar. Las recetas y los trucos reposteros iban pasando de generación en generación. En libretas amarillentas por el paso del tiempo y con alguna que otra mancha de masa, se guardan grandes secretos reposteros como si de la fórmula de la Coca-Cola se tratase. Como podéis imaginar, en esta época sin tiempo y en la que todo se compra, la costumbre ha ido en desuso. Aunque todavía la semana pasada podían verse mujeres caminando con los brazos en jarra llevando las latas con sus dulces a cocer al obrador. Me crucé el viernes pasado, con una señora cargada de sultanas y bollas por las cuestas de la Calle el Aire y Buenavista cuando salía del horno de la panadería de La Gloria, desprendiendo un olor que alimentaba. Os prometo que daban ganas de cogerle alguna al descuido.

Como muchas de nuestras tradiciones, detrás de la gastronomía hay todo un rito social. Los dulces se comían y compartían con la familia y amigos los días de gira y se entablaba una sana competencia entre las dulceras para ver cuáles eran los mejores. Así, aprovechábamos gustosos los comensales para dar buena cuenta de los manjares, repitiendo, en muchos casos, para poder hacer una correcta valoración y no ser injustos con nuestras puntuaciones. Y como siempre sobraban, los calabazones instauramos el “domingo de Quasimodo” –domingo posterior al de Resurrección- en el que se come todo.

Afortunadamente, mi madre, excelente cocinera, continúa año tras año haciendo estos dulces típicos. Permitidme que diga sin exagerar que sus empanadillas de hojaldre rellenas de almendra no tienen parangón. Cada año hay una suerte de procesión de feligreses del dulce que vienen a casa a probar las empanadillas de Adela. Aprendió los trucos y secretos de la laboriosa elaboración de estas empanadillas de María Pajares –q.e.p.d–, otra dulcera digna de mención y matriarca de una familia que forma parte de la nuestra gracias a la amistad, forjada también con valores de otro tiempo, que nos une.

¡Bienvenido, Marcos!

La vida es la cosa mejor que se ha inventado”. Gabriel García Márquez

Marcos:

Una cigüeña te ha traído esta semana a casa -primero, al hospital­-. Estoy seguro que tu porteadora no pasaría las pruebas de selección de Amazon, ha llegado con unos días de retraso, pero nos ha dejado eso que el dinero no compra, felicidad, ilusiones y a ti que eres precioso.

Nunca me había visto en estas lides, pero confirmo lo que repite tanta gente, la llegada de una nueva vida es una sensación inigualable. Tanto el día que me enteré que te habían pedido como el día que llegaste son inolvidables para mi. Alegraste con tu anuncio uno de los días más duro de mi vida.

Has tenido mucha suerte. Tus padres son maravillosos y se van a desvivir por ti. Aprende de ellos que son buen ejemplo, el mejor. Encima tienes los cuatro mejores abuelos del mundo.

Bienvenido, Marcos!

Pd. No te preocupes por haberme destronado como niño mimado de la casa. Mi psicoanalista argentino que protagonizó un anuncio de Nescafé, ya te enseñare el video en Youtube, dice que ya iba siendo hora.

 

Doctor, ¿me envuelve, por favor, el corazón para regalo?

Si eres un experto o experta en el arte de elegir regalos, necesitamos tu ayuda. Llega San Valentín, patrón de los enamorados patrocinado por El Corte Inglés, y somos muchos los que no sabemos qué comprar a nuestra novia/o o no somos capaces de elegir algo en esas tiendas con música de discoteca en las que sorprendentemente nadie baila ni hace botellón.

IMG_9855Lo reconozco soy un desastre para ciertos quehaceres mundanos. Sólo sé regalar libros. Ahora, este San Valentín, quería hacer uno especial a la Chica Arquitecta. Tenía una idea. Pensé que era genial, pero ha fallado. Lo planeé en un rato de desvelo, con mi libertad enamorada, el juicio mermado por las horas de encierro entre leyes y sentencias e inspirado por la canción Bola de pop de Andrés Lewin –q.e.p.d–. Pedí hora con mi médico de cabecera y me dieron cita para hoy. Allí me presenté esta mañana, elegante, serio, con ojeras y la nueva Ley de Contratos del Sector Público–menudo toco, por cierto– en la mano. Entré a la consulta consciente ya de que lo que había juzgado como una genialidad, quizás no lo fuera tanto. Saqué fuerzas de mis ansias por sorprenderla con un buen regalo y le dije al médico, Mire, doctor, ¿podría, por favor, envolverme el corazón para regalo?” . La expresión de su cara me confirmó lo que había temido al entrar. Éste era otro de mis planes fracasados. Así que, he salido de allí con una cita para una especialista, pero sin regalo.

No me quedo otra que irme del centro de salud triste y abatido. Pensé que quizás en Amazon tenían algo parecido pero ni siquiera en Aliexpress había una imitación china. Por lo que decidí hacer de este post el anuncio de un concurso de ideas –mira que si se presenta Calatrava, tan aficionado él a los concursos, voy a triunfar a lo grande, aunque sea con una maqueta– para que los expertos o gurús de los regalos puedan ayudarme a mi o a todos y todas las que se encuentran en una búsqueda del regalo como si fueran Indiana Jones con el arca pérdida.

De todas maneras, como tampoco hay que tomárselo todo tan literal vamos a tirar de recursos y considerar que esta entrada tiene el corazón envuelto para quien entre planos de Autocad –siempre he creído que es una forma encubierta de jugar a los avioncitos– no deja nunca de tener un hueco para atender y empujar a continuar el camino a su novio, o a quien, a pesar de la distancia, es presencia continua haciendo la vida más amable, más bonita.

Mi Barrio y mi comunidad: San Sebastian.

Publicado originalmente en la revista de las fiestas de 2018 del barrio de San Sebastián (Don Benito).
Gracias a la Asociación de Vecinos por contar conmigo para llenar una página.

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Vivimos en una época de notables avances y profundos cambios. Sin embargo, mientras a golpe de clic podemos conectarnos con cualquier punto del planeta, se están empezando a levantar muros. Que contradicción, la tecnología y el progreso nos acercan y difuminan las fronteras y, algunos se empeñan en cerrar las puertas y fracturar las sociedades. Cuando creíamos totalmente enterrados viejos fantasmas que tantas consecuencias negativas trajeron en el pasado siglo, algunos vuelven a hablarnos de patrias y a enarbolar banderas con ánimos excluyentes. Es triste que después de tantos siglos no hayamos comprendido que la riqueza está en la diversidad y que para construir un mundo mejor necesitamos fijarnos en los elementos compartidos.

Mi patria es mi niñez. Nada original. Rilke ya dijo que “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Así que, el barrio de San Sebastián, que ahora celebra sus fiestas, es uno de mis lugares en el mundo. Muchos de mis recuerdos están localizados, como si de una película se tratase, en la calle Cuesta, donde vivía mi abuela. Jugábamos mi hermana y yo en la calle esperando que mi madre viniera a recogernos, cuando saliese del trabajo, mientras en casa de Rai se organizaba diariamente una tertulia, como si del Café Pombo o del Gijón en Madrid se tratase, donde mi querida abuela era contertulia fija, junto a Constanza, Fita, Félix, Mari o señá Juana.

Aunque vine a vivir aquí con dieciocho años, poco antes de marcharme a Madrid, crecí yendo a hacer recados a Alejandro, Marisol o ancá Pepe –que después de varias décadas, tristemente ha echado el cierre- o, subiendo y bajando diariamente las empinadas cuestas. Me bauticé e hice la comunión en nuestra parroquia con don Santos –el que después de tantos años como párroco se ha convertido en un referente simbólico del Barrio-. Así que si llegan por estos lares, esperemos que no, los discursos excluyentes, tengo elementos más que suficientes para poder defender mi pertenencia.

San Sebastián, además de un Barrio, es una comunidad, donde los vecinos se conocen, se saludan por sus nombres, se ayudan y tienen lazos afectivos más allá que el de compartir acera. Cuando has vivido en ciudades tan despersonalizadas e individualistas como Madrid valoras salir de casa y poder saludar a Toñi y Andres, a Ani y Domingo, a Luisa y José o, a  Amparo y Joaquín, por sus nombres, que te pregunten al bajar la calle Buenavista Pepi “la del ciego” o Julia que cómo estás.

Fue mi abuela la que me fijó a San Sebastián. Permitidme que tenga aquí con unas palabras de recuerdo con quien tan importante fue para mi familia y que, siendo una de las vecinas más longevas de nuestro barrio, se marchó el pasado mayo. Ella que siempre presumía de vivir en la calle “el cuerno” y, que tan buen humor y hacer tuvo siempre.

Como no quiero ponerme más sentimental de la cuenta ni extenderme demasiado, admitidme que acabe con una petición –los abogados siempre finalizamos nuestros escritos con un suplico- no dejemos que nuestro Barrio, que también es el de todos los que estos días vienen a probar los deliciosos pestiños que hacen nuestras vecinas, pierda su encanto y sus valores. No permitamos que por mirar la pantalla del móvil nos alejemos de aquellos con quienes compartimos calles. Sigamos siendo una comunidad amable, abierta y hospitalaria.