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El Madrid de las letras.

La buena literatura es la huye de los tópicos. Así que paso de recalcar, escapando de argumentos manidos, que en el coche que es esta España, la cultura viaja en el maletero, olvidada en un bolsa de plástico. Ya somos mayorcitos para saber dónde tenemos que poner los huevos de la gallina. Tampoco quiero indignarme demasiado porque las calles del Madrid de las letras no sean un museo al aire libre, cosa que ya hubiese ocurrido en Francia, Alemania o Inglaterra. Desde luego, hemos producido más historia de la que consumimos.

En ocho o nueve calles alrededor de la peatonalizada y concurrida calle Huertas se concentra buena parte de la historia del periodo más glorioso de la literatura española, el Siglo de Oro. Siempre que paso por la calle del León, los vellos se me erizan tan sólo de pensar que cerquísima de donde estuvo el mentidero de los artistas, don Miguel de Cervantes escribió la Segunda Parte del Quijote o cincuenta metros más abajo, Lope de Vega, el Fenix de los ingenios, no paraba de escribir obras teatrales y de aumentar su gran fama –dicen que firmaba autógrafos por doquier y que su entierro fue concurridísimo-.

Sé que cuando cojo una cantinela tardo en soltarla. Ya me decía mi abuela que “cuando el tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue”. Pero es que para entender la España en que vivimos es esencial conocer la del Siglo de Oro, aquel imperio decadente, pesimista y en crisis.

Te recomiendo que busques en la red alguna de las múltiples rutas que hay por el barrio y conozcas donde estuvo la casa de Cervantes, la Casa-Museo de Lope de Vega, el Convento de las Trinitarias donde han aparecido los restos del escritor alcalaíno o la casa que habitaba Góngora y que compró Quevedo para darse el placer de desahuciar al cordobés.

Si decides darte el recomendado paseo, imagina en esas calles el retablo de la España del Siglo del Oro. Un país arruinado y agotado por las guerras, escasamente productivo, con mucha corrupción y lleno clases ociosas, porque el trabajar estaba mal visto. Clérigos bien entrados en carnes y entregados a los placeres mundanos entre legiones de méndigos y mutilados de guerra que vivían de la caridad cristiana. Pícaros y rateros dispuestos a levantar los cuartos al mínimo descuido. Cortesanos acompañados de criados y viviendo de las apariencias –como ese hidalgo al que servía el Lazarillo que se ponía migas de pan en la barba para aparentar que había comido-. Tabernas y mesones llenas de veteranos de guerra de espada fácil y verbo ágil, prostitutas, tahúres de los naipes ávidos de desplumar, trampas mediante, a cualquier incauto o escritores que serían recordados los siguientes siglos. Y si has leído los libros del Capitán Alatriste, suma a Diego Alatriste e Iñigo Balboa en la Taberna de Caridad la Lebrijana o a la maléfica y atractiva Angélica de Alquezar con sus doncellas y criadas.

¡Qué planazo para una mañana de sábado! Si te animas, llámame y al terminar el paseo comemos unas migas de la Lebrijana en la Taberna del Capitán Alatriste.

La maleta que Franco buscó cuarenta años.

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No sé si a vosotros también os pasa. Empiezas a leer cualquier cosa –una entrada de la Wikipedia, un libro, un artículo de una revista o una noticia del periódico­–, googleas para descubrir más y terminas leyendo otros artículos o libros. Así llegue yo a esta historia y a la lectura de La pasión de José Antonio y su anexo La maleta de José Antonio y Las últimas horas de José Antonio, todos ellos del historiador José María Zabala, cuando había comenzado a curiosear en unos discursos parlamentarios de mi admirado Indalecio Prieto.

La figura de José Antonio Primo de Rivera está rodeada de múltiples mitos que no responden con precisión a la realidad histórica, de leyendas contradictorias y de incógnitas. Si deseáis conocer un poco más, os recomiendo leer las aproximadamente 50 páginas biográficas que le dedica Paul Preston en su libro Las tres Españas del 36.

También son muchos los interrogantes sobre su fusilamiento el 20 de noviembre de 1936 en la prisión de Alicante. Por ejemplo, ¿qué papel jugó el General Franco en las negociaciones para su liberación? En este sentido, es de sobra conocida la mutua antipatía que ambos se profesaban.

Si os gusta lo que yo llamo la historia-ficción, no es difícil dejar volar la mente y hacerse preguntas como, ¿qué hubiese pasado si José Antonio aparece en el puesto de mando de Salamanca?, ¿quién hubiese liderado el bando golpista?, o ¿cómo habría continuado la fatídica guerra civil? Desde luego, el General golpista no le habría recibido con los brazos abiertos, no olvidéis que el jefe del primer partido de la derecha, Gil Robles, y el jefe de los requetés, Fal Conde, tuvieron que exiliarse en Portugal y el sucesor de José Antonio en la Falange, Hedilla, fue condenado a tres penas de muerte que no se hicieron efectivas.

En el momento de su fusilamiento, José Antonio tenía en su celda una maleta con distintas pertenencias, que desapareció. Franco, temeroso de que contuviese algún documento que pudiese truncar sus planes o dejarlo en mal lugar, la buscó infructuosamente durante cuarenta años.

Imagino que estáis ansiosos por saber dónde estaba la maleta y quién la custodiaba. Pues bien, fue el ministro socialista Indalecio Prieto el que la ocultó en una caja fuerte del Banco Central de México, donde tuvo que exiliarse.

El comandante militar de Alicante, el coronel Sicardo, se hizo cargo de todos los efectos que había en la celda del líder de La Falange y se los envió a Prieto. Posteriormente, en 1977, en plena Transición, Víctor Salazar, destacado militante socialista y albacea testamentario de Indalecio Prieto, le entregó a Miguel Primo de Rivera, sobrino y ahijado de José Antonio, las llaves de la caja fuerte donde se hallaba el “preciado tesoro” que tantos falangistas y franquistas habían buscado sin cesar.

Que qué contenía la maleta, pues una reveladora nota de amor a Elisabeth Asquith –John Maynard Keynes, el economista más célebre del siglo XX, también intercambió también correspondencia con ella–, composiciones íntimas, un mono de miliciano, distintas prendas de vestir, utensilios de aseo, una pluma, unas gafas de lectura, una bandera falangista, dos boletos de lotería, un librito de oraciones, un medallón de la Santa Faz, o distintos documentos como su testamento ológrafo y distintas cartas.