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El cóctel legionario, la leche de pantera.

Soy de la generación del botellón. Empecé a tomar copas o, como dice uno de mis compadres, combinados, en plazas, polígonos o habitaciones de colegio mayor. Bebíamos lo más barato, sin valorar la calidad. Éramos jóvenes y las resacas eran una cosa de puretas. Inventamos un cóctel, sublime para nuestros inexpertos paladares, que preparábamos en un barreño, comprado en los chinos, con zumo de limón natural, lima, Ron Yacaré y azúcar, mucho azúcar –había más riesgo de sufrir un coma diabético que etílico–.

Ha sido el tiempo, algún barman, buenos compadres o un antiguo casero que tenía una importante colección de cocteleras y tuiteaba sobre buenos tragos los que han ido influyendo poco a poco en el refinamiento de mi paladar y me han introducido, mínimamente, en el mundo de la coctelería. Papel especial en esta evolución ha tenido el mejor barman que conozco, el gran Julio. Empezamos juntos a beber Ponche Caballero con Coca-Cola y hemos terminado hablando sobre si es mejor la Nordés con Fever-Tree o con 1724 o sobre lo fuerte que va a pegar el vermú.

Si hay un cóctel que siempre me ha llamado la atención, sobre todo por su historia y leyenda, es la leche de pantera, la bebida mítica de la Legión. Este preparado etílico, cuyos ingredientes esenciales son ginebra, leche condensada y agua, está vinculado oficiosamente a los Tercios de la Legión.

Corren distintas versiones sobre su origen. La más poética asegura que fueron legionarios heridos, quienes en hospitales de campaña, comenzaron a mezclar leche condensada y alcohol de desinfectar.

Según la versión, con más glamour, su inventor fue Perico Chicote. A principios de los años veinte, el fundador de la Legión, Millán-Astray, encargó al dueño del Bar Chicote, local de moda en la Gran Vía madrileña que congregaba a las principales personalidades de la época –allí conoció Manolete a Lupe Sino­–, una bebida que calmase la insaciable sed de sus soldados, con la consigna de que fuese nutritiva, barata y fácil de preparar. Así, Chicote, inspirado en la leyenda de que los soldados bebían el alcohol de los botiquines mezclado con leche, inventó este legendario cóctel. Por su parte, el nombre, según esta versión, procede de la cupletista Celia Gámez, cuya vida privada dió mucho que hablar. Supuestamente fue amante de Alfonso XIII y del propio, Millán-Astray –cuya primera mujer permaneció casta aún después de la noche de bodas–.

Ha contribuido a la mitificación de esta bebida, los relatos que señalan que en las campañas africanas los caballeros legionarios añadían pólvora sacada de los cartuchos utilizados en sus operaciones. Además, otras versiones señalan que en las tabernas legionarias se añade ron, whisky y kiffi.

Aún no he tenido ocasión de probar la leche de pantera en una verdadera taberna legionaria, pero tengo localizada dos una en Badajoz (el Bar la Roca) y otra en Madrid. Prometo visitarlas pronto y escribir aquí la pertinente crítica.

Cerró el Venus, el bar con la mejor tortilla de Madrid.

En homenaje al Venus, que fue una prolongación del salón de mi casa y que tenía la mejor tortilla de patatas de Madrid.

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Pincho de tortilla y café sólo con hielo en El Venus

Este post es un homenaje al que fue un faro en mi vida durante un tiempo. Sin lugar a dudas, era el bar con mejor tortilla de Madrid. Cerró cuando la Ley 30/1992, una de mis normas de cabecera, perdía la vigencia, imaginaros el drama. Desde aquel día, he soñado más de una vez que reabría y al levantarme he ido a ver si era cierto, pero la cruda realidad es que en su lugar abrieron otro bar que ya no tenía ni encanto, ni un buen café con la mejor tortilla de Madrid –disculpadme la insistencia­–.

La historia de España no puede entenderse sin los bares, las tabernas y los cafés.  Muchos tenemos incontables recuerdos, buenos y malos, ligados a los templos de Baco. Aquel bar de Malasaña donde besaste a esa chica con rizos de oro, aquel otro de Chamberí, donde sirven vino de pitarra –que, por cierto, también cerró–, en el que estabas cuando te llamaron para decirte que te contrataban en ese despacho, la tasca donde tomabas café antes de ir a los exámenes o donde ibas a leer o, aquel sitio tan pijo donde la chica de los ojos color agua te dijo que no quería saber más de ti y tus historias.

Todos recordamos los bares que nos han marcado y tenemos distintas preferencias en cuanto a los mismos. A mi me gustan los que tienen personalidad y elementos singulares que a veces no pueden ni describirse. También, valoro la clientela o parroquia y los camareros. Prefiero aquellos en que veo gente conocida, aunque nunca crucemos una palabra y que el camarero sepa lo que voy a tomar y cómo. Detestó los bares de paso, las franquicias y aquellos que pretenden atribuirse una personalidad distinguida.

El Venus era un bar con personalidad y autenticidad. Recuerdo que una de las primeras veces que fui allí, al llegar al barrio, sonaba Guns N´ Roses y tenían El País sobre la barra – en los sitios de la zona sólo se leía el ABC o El Mundo –, me estaban invitando a quedarme. Después he ido muchas veces a tomar una caña con un compadre o mis compañeras de piso, a pensar y relajarme bebiendo una Coca Cola  mientras miro a las musarañas o, a leer tranquilamente degustando un excelente café en su terraza una tarde de primavera.

Algunos días tras madrugar bastante para estudiar, a eso de las 9:30 hacía mi primer descanso y tomaba allí mi segundo/tercer café con mi compadre el Marques de Barreda, marcando este hito el inició de la jornada normal y, es un lujo, ya sabían que tomábamos café sólo con hielo sin azúcar y un vaso de agua y no hacía falta ni pedirlo.

Este templo estaba en lo que durante una época fue mi geografía cotidiana, de la que no solía salir en varios días, en la que no era raro que me moviera en chándal o ropa muy cómoda y, que incluía, también, mi chabolo – apelativo cariñoso, sacado de la jerga talegaria, que utilizaba para referirme a mi cuarto de estudio – donde paso no menos de 20 horas diarias, el supermercado, y una copistería muy prolija en anécdotas – ya os hablaré de ella –.

El café de El Venus era sublime.  En un país donde se valora tampoco esta bebida y su calidad, es verdaderamente infrecuente encontrar un sitio con un café de tantísima calidad. Me comentaba José, una de las personas que regentaba el bar, que es el mismo que servían en el Palace o en Ritz y no lo dudo.

Pero si hay algo de El Venus que al Marques de Barreday a mi, dos enamorados de la tortilla española, nos flipaba es su tortilla de patatas, qué delicia.  Es finita, jugosa, doradita por fuera y con el huevo cremoso. Valga la siguiente anécdota para describir lo rica que está. Los dos que somos foodies en potencia – pero con moderación que eso de la nouvel cuisine no va demasiado con nosotros – habíamos leído que la mejor tortilla de Madrid era la de José Luis. Un día, por curiosidad, fuimos a tomarla y tras probar el primer bocado, nos miramos y nos dijimos: “compadre, está mucho mejor la que hace José en El Venus”. Y, esto, se ha repetido en otros sitios con tortillas de prestigio en la capital del Reino –Casa Dani o el Sylkar–.

Desafortunadamente, el Venus cerró dejándonos huérfanos allá por octubre del 2016.