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El último empujón

Durante un tiempo, antes de crecer, tener dominio propio y un hosting de pago, este blog debió llamarse un opositor entre bambalinas.

Los que seguís este espacio desde aquella época recordaréis las entradas contando mis peripecias al recitar temas por la calle o en el supermercado, las quejas y lamentos por la maldición de las obras que persiguen a los que buscan tranquilidad para estudiar o la tristeza del fracaso que olía a perro mojado tras los suspensos.

Si aún queda algún opositor en la barra de este particular garito: ánimo, no desistas, aunque salga mal -así es la vida, la derrota es el drama que te hace valorar las victorias- habrá merecido la pena intentarlo. Los conocimientos, el carácter y el esfuerzo permanecen.

Tras una larga carrera que fue llenándose de obstáculos, paré. No podía seguir quemando más naves y decidí cambiar de aires. Como nunca sabes lo que la vida te va a deparar, encontré mi salida en mi tierra, Extremadura, haciendo una de las cosas que más me gustan, ejercer la abogacía en el ámbito del Derecho Administrativo y de las nuevas tecnologías.

No negaré que algún que otro día me sobrevuelan los nubarrones borrascosos del fracaso en aquella carrera pero, afortunadamente, cuando cada mañana me siento en mi ordenador a estudiar los temas de los clientes del despacho lo hago con la alegría y la emoción del que siente pasión por lo que hace.

La semana pasada, adaptado ya a la vida alejada de los temas, códigos y cronómetros, conocí a un antiguo opositor y ahora gran abogado, con el que varios conocidos y amigos me habían encontrado parecido. Historias similares. En cinco minutos hablamos de las recomendaciones -riñas- de las madres para que no estudies tanto, de la regulación de las aguas en el Código Civil y de la figura de la representación. Fue suficiente para que esa pequeña charla fuera el último ingrediente de mi particular bálsamo de Fierabrás. Gracias, Emilio, cuando llegué a casa supe que había subido con tu empujón el último escalón hacia un nuevo piso en el edificio de la vida.

 

 

El Madrid de las letras.

La buena literatura es la huye de los tópicos. Así que paso de recalcar, escapando de argumentos manidos, que en el coche que es esta España, la cultura viaja en el maletero, olvidada en un bolsa de plástico. Ya somos mayorcitos para saber dónde tenemos que poner los huevos de la gallina. Tampoco quiero indignarme demasiado porque las calles del Madrid de las letras no sean un museo al aire libre, cosa que ya hubiese ocurrido en Francia, Alemania o Inglaterra. Desde luego, hemos producido más historia de la que consumimos.

En ocho o nueve calles alrededor de la peatonalizada y concurrida calle Huertas se concentra buena parte de la historia del periodo más glorioso de la literatura española, el Siglo de Oro. Siempre que paso por la calle del León, los vellos se me erizan tan sólo de pensar que cerquísima de donde estuvo el mentidero de los artistas, don Miguel de Cervantes escribió la Segunda Parte del Quijote o cincuenta metros más abajo, Lope de Vega, el Fenix de los ingenios, no paraba de escribir obras teatrales y de aumentar su gran fama –dicen que firmaba autógrafos por doquier y que su entierro fue concurridísimo-.

Sé que cuando cojo una cantinela tardo en soltarla. Ya me decía mi abuela que “cuando el tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue”. Pero es que para entender la España en que vivimos es esencial conocer la del Siglo de Oro, aquel imperio decadente, pesimista y en crisis.

Te recomiendo que busques en la red alguna de las múltiples rutas que hay por el barrio y conozcas donde estuvo la casa de Cervantes, la Casa-Museo de Lope de Vega, el Convento de las Trinitarias donde han aparecido los restos del escritor alcalaíno o la casa que habitaba Góngora y que compró Quevedo para darse el placer de desahuciar al cordobés.

Si decides darte el recomendado paseo, imagina en esas calles el retablo de la España del Siglo del Oro. Un país arruinado y agotado por las guerras, escasamente productivo, con mucha corrupción y lleno clases ociosas, porque el trabajar estaba mal visto. Clérigos bien entrados en carnes y entregados a los placeres mundanos entre legiones de méndigos y mutilados de guerra que vivían de la caridad cristiana. Pícaros y rateros dispuestos a levantar los cuartos al mínimo descuido. Cortesanos acompañados de criados y viviendo de las apariencias –como ese hidalgo al que servía el Lazarillo que se ponía migas de pan en la barba para aparentar que había comido-. Tabernas y mesones llenas de veteranos de guerra de espada fácil y verbo ágil, prostitutas, tahúres de los naipes ávidos de desplumar, trampas mediante, a cualquier incauto o escritores que serían recordados los siguientes siglos. Y si has leído los libros del Capitán Alatriste, suma a Diego Alatriste e Iñigo Balboa en la Taberna de Caridad la Lebrijana o a la maléfica y atractiva Angélica de Alquezar con sus doncellas y criadas.

¡Qué planazo para una mañana de sábado! Si te animas, llámame y al terminar el paseo comemos unas migas de la Lebrijana en la Taberna del Capitán Alatriste.