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Cerró el Venus, el bar con la mejor tortilla de Madrid.

En homenaje al Venus, que fue una prolongación del salón de mi casa y que tenía la mejor tortilla de patatas de Madrid.

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Pincho de tortilla y café sólo con hielo en El Venus

Este post es un homenaje al que fue un faro en mi vida durante un tiempo. Sin lugar a dudas, era el bar con mejor tortilla de Madrid. Cerró cuando la Ley 30/1992, una de mis normas de cabecera, perdía la vigencia, imaginaros el drama. Desde aquel día, he soñado más de una vez que reabría y al levantarme he ido a ver si era cierto, pero la cruda realidad es que en su lugar abrieron otro bar que ya no tenía ni encanto, ni un buen café con la mejor tortilla de Madrid –disculpadme la insistencia­–.

La historia de España no puede entenderse sin los bares, las tabernas y los cafés.  Muchos tenemos incontables recuerdos, buenos y malos, ligados a los templos de Baco. Aquel bar de Malasaña donde besaste a esa chica con rizos de oro, aquel otro de Chamberí, donde sirven vino de pitarra –que, por cierto, también cerró–, en el que estabas cuando te llamaron para decirte que te contrataban en ese despacho, la tasca donde tomabas café antes de ir a los exámenes o donde ibas a leer o, aquel sitio tan pijo donde la chica de los ojos color agua te dijo que no quería saber más de ti y tus historias.

Todos recordamos los bares que nos han marcado y tenemos distintas preferencias en cuanto a los mismos. A mi me gustan los que tienen personalidad y elementos singulares que a veces no pueden ni describirse. También, valoro la clientela o parroquia y los camareros. Prefiero aquellos en que veo gente conocida, aunque nunca crucemos una palabra y que el camarero sepa lo que voy a tomar y cómo. Detestó los bares de paso, las franquicias y aquellos que pretenden atribuirse una personalidad distinguida.

El Venus era un bar con personalidad y autenticidad. Recuerdo que una de las primeras veces que fui allí, al llegar al barrio, sonaba Guns N´ Roses y tenían El País sobre la barra – en los sitios de la zona sólo se leía el ABC o El Mundo –, me estaban invitando a quedarme. Después he ido muchas veces a tomar una caña con un compadre o mis compañeras de piso, a pensar y relajarme bebiendo una Coca Cola  mientras miro a las musarañas o, a leer tranquilamente degustando un excelente café en su terraza una tarde de primavera.

Algunos días tras madrugar bastante para estudiar, a eso de las 9:30 hacía mi primer descanso y tomaba allí mi segundo/tercer café con mi compadre el Marques de Barreda, marcando este hito el inició de la jornada normal y, es un lujo, ya sabían que tomábamos café sólo con hielo sin azúcar y un vaso de agua y no hacía falta ni pedirlo.

Este templo estaba en lo que durante una época fue mi geografía cotidiana, de la que no solía salir en varios días, en la que no era raro que me moviera en chándal o ropa muy cómoda y, que incluía, también, mi chabolo – apelativo cariñoso, sacado de la jerga talegaria, que utilizaba para referirme a mi cuarto de estudio – donde paso no menos de 20 horas diarias, el supermercado, y una copistería muy prolija en anécdotas – ya os hablaré de ella –.

El café de El Venus era sublime.  En un país donde se valora tampoco esta bebida y su calidad, es verdaderamente infrecuente encontrar un sitio con un café de tantísima calidad. Me comentaba José, una de las personas que regentaba el bar, que es el mismo que servían en el Palace o en Ritz y no lo dudo.

Pero si hay algo de El Venus que al Marques de Barreday a mi, dos enamorados de la tortilla española, nos flipaba es su tortilla de patatas, qué delicia.  Es finita, jugosa, doradita por fuera y con el huevo cremoso. Valga la siguiente anécdota para describir lo rica que está. Los dos que somos foodies en potencia – pero con moderación que eso de la nouvel cuisine no va demasiado con nosotros – habíamos leído que la mejor tortilla de Madrid era la de José Luis. Un día, por curiosidad, fuimos a tomarla y tras probar el primer bocado, nos miramos y nos dijimos: “compadre, está mucho mejor la que hace José en El Venus”. Y, esto, se ha repetido en otros sitios con tortillas de prestigio en la capital del Reino –Casa Dani o el Sylkar–.

Desafortunadamente, el Venus cerró dejándonos huérfanos allá por octubre del 2016.

 

Doctor, ¿me envuelve, por favor, el corazón para regalo?

Si eres un experto o experta en el arte de elegir regalos, necesitamos tu ayuda. Llega San Valentín, patrón de los enamorados patrocinado por El Corte Inglés, y somos muchos los que no sabemos qué comprar a nuestra novia/o o no somos capaces de elegir algo en esas tiendas con música de discoteca en las que sorprendentemente nadie baila ni hace botellón.

IMG_9855Lo reconozco soy un desastre para ciertos quehaceres mundanos. Sólo sé regalar libros. Ahora, este San Valentín, quería hacer uno especial a la Chica Arquitecta. Tenía una idea. Pensé que era genial, pero ha fallado. Lo planeé en un rato de desvelo, con mi libertad enamorada, el juicio mermado por las horas de encierro entre leyes y sentencias e inspirado por la canción Bola de pop de Andrés Lewin –q.e.p.d–. Pedí hora con mi médico de cabecera y me dieron cita para hoy. Allí me presenté esta mañana, elegante, serio, con ojeras y la nueva Ley de Contratos del Sector Público–menudo toco, por cierto– en la mano. Entré a la consulta consciente ya de que lo que había juzgado como una genialidad, quizás no lo fuera tanto. Saqué fuerzas de mis ansias por sorprenderla con un buen regalo y le dije al médico, Mire, doctor, ¿podría, por favor, envolverme el corazón para regalo?” . La expresión de su cara me confirmó lo que había temido al entrar. Éste era otro de mis planes fracasados. Así que, he salido de allí con una cita para una especialista, pero sin regalo.

No me quedo otra que irme del centro de salud triste y abatido. Pensé que quizás en Amazon tenían algo parecido pero ni siquiera en Aliexpress había una imitación china. Por lo que decidí hacer de este post el anuncio de un concurso de ideas –mira que si se presenta Calatrava, tan aficionado él a los concursos, voy a triunfar a lo grande, aunque sea con una maqueta– para que los expertos o gurús de los regalos puedan ayudarme a mi o a todos y todas las que se encuentran en una búsqueda del regalo como si fueran Indiana Jones con el arca pérdida.

De todas maneras, como tampoco hay que tomárselo todo tan literal vamos a tirar de recursos y considerar que esta entrada tiene el corazón envuelto para quien entre planos de Autocad –siempre he creído que es una forma encubierta de jugar a los avioncitos– no deja nunca de tener un hueco para atender y empujar a continuar el camino a su novio, o a quien, a pesar de la distancia, es presencia continua haciendo la vida más amable, más bonita.